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Vigente y en constante renovación, la pastorela mexicana: estudiosos
vie, 22 de dic de 2006|Compartir:

Por Sara Ibarra Aragón
México, 18 Dic (Notimex).- Las pastorelas mexicanas, cuyo origen se remonta a la época medieval, son una manifestación popular típica del teatro mexicano, que con más de cuatro siglos de representaciones se han convertido en un símbolo de identidad nacional vigente y en constante renovación.
México, 18 Dic (Notimex).- Las pastorelas mexicanas, cuyo origen se remonta a la época medieval, son una manifestación popular típica del teatro mexicano, que con más de cuatro siglos de representaciones se han convertido en un símbolo de identidad nacional vigente y en constante renovación.
A lo largo del tiempo, estas representaciones han sido llevadas a los más diversos escenarios, desde patios caseros, azoteas, trastiendas y plazas
públicas hasta teatros formales y recintos de cultural, con estilos diversos pero siempre para escenificar la lucha del bien contra el mal, según
establecen estudiosos del tema.
En el libro "Fiestas y teatralidad de la pastorela mexicana", editado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), especialistas ofrecen una serie de ensayos sobre sus experiencias, conocimientos y detalles, hasta ahora desconocidos sobre esta tradición navideña.
El investigador Alejandro Ortiz Bullé Goyri, en sus "Notas a propósito de los orígenes de la pastorela en México hacia el siglo XVIII", señala que existen datos que podrían afirmar que la pastorela sentó sus bases en el teatro de evangelización hacia la segunda mitad del siglo XVI.
La representación en náhuatl de "La adoración de los reyes" (1578), así como representaciones y mitotes que se realizaban en las pascuas de Navidad en Sinaloa (1590) son muestra de ello, indica Ortiz.
Por otra parte, agrega, hay autores que han encontrado en el teatro colegial jesuita del siglo XVI, un origen culto de este género vernáculo; así, la "Egloga al nacimiento del niño Jesús", de Joan de Cigorondo, podría ser el primer momento en que aparecen los típicos pastores caminando a Belén.
En ambos casos, continúa, podría decirse que estos fueron los elementos que antecedieron o que fueron asimilándose y yuxtaponiéndose para que al paso de dos siglos, hasta la segunda mitad del siglo XVIII, la pastorela se consolidara como una manifestación popular típica del teatro mexicano.
De esta forma, agregó el también académico de la UNAM, aparecen el "Demonio" o "Lucifer", quien con sus huestes intenta persuadir o tentar a los pastores para que no lleguen a adorar al niño Jesús.
Mientras que los pastores, aun cuando en esa época mantienen los nombres bucólicos de las églogas anteriores, se transforman en la modelización (sic) risueña del tipo popular indígena o campesino y se consolida la presencia de los arcángeles. Sigue. Vigente/dos/arcángeles.
Creemos, dice, que con el asentamiento y diversificación de la cultura popular en la Nueva España, fueron surgiendo también manifestaciones escénicas con las que se identificaba el populacho y que se contraponían con los ideales de la ilustración novohispana que propugnaba por un teatro didáctico de formas rígidas y acartonadas.
Tras hacer una revisión de diversos documentos de los archivos General de la Nación y del Histórico del Ayuntamiento de la Ciudad de México, el académico encontró que la vida teatral de aquella época sienta sus registros fuera de los coliseos, en ámbitos donde las autoridades difícilmente podían mantener un control.
Esto, revela, le permitió a las pastorelas tener cierta autonomía en relación con las normas que regían las representaciones en el coliseo y que por ello, posteriormente, fueron prohibidas.
Como resultado de sus indagaciones en ambos archivos, el especialistas afirma que existen ejemplos de solicitudes y de causas criminales seguidas en relación con actividades teatrales realizadas en casas particulares, actividad prohibida por autoridades civiles y religiosas.
Esto, agrega, no sólo se debe a que dificultaba la supervisión de ambas instancias sobre los espectáculos y ambiente social que se suscitaba en ámbitos privados, sino también porque resultaba una competencia desleal al coliseo que veía disminuidos sus ingresos.
"No hay que olvidar -acota- que no sólo se prohibieron en particular las representaciones teatrales con motivo de la Navidad hacia 1808, sino desde 1786. en el Primer Reglamento Teatral Novohispano expedido por Bernardo de Gálvez, que en la primera cláusula establece la prohibición de la "representación de materias sagradas y comedias de santos"".
No obstante que no se pudo mantener esta prohibición, pues se hacían representaciones de manera clandestina, las autoridades optaron por otorgar permisos para mantener cierto control de esas escenificaciones que con el tiempo se transformaron en "una tradición, digamos culta, auspiciada por el despotismo ilustrado novohispano".
Así, agrega, floreció una tradición de representaciones y de fiestas navideñas alejadas de los espacios donde el control inquisitorial metía el guante, para ser llevadas a espacios privados como patios de vecindades, barrios populares y los arrabales de la Ciudad de México, donde se celebraban las posadas.
Todo ello, expone, acompañado de pequeñas representaciones alusivas a la Navidad, como la música, el baile y diversas viandas y bebidas espirituosas, como lo refiere Viqueira Albán en su estudio sobre las diversiones públicas en la Nueva España dieciochesca.
Por su parte, la también investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Beatriz Aracil Varón, comenta que fue hasta el siglo XIX cuando la pastorela se ubicó como una pieza teatral fijada textualmente tanto por su estructura como por sus personajes principales.
"Esta definitiva fijación de la pastorela como género en la época decimonónica está vinculada a la especial indagación sobre la propia identidad cultural que caracteriza a este siglo y que supone asimismo un acercamiento a determinadas manifestaciones de la tradición popular mexicana", explica la académica universitaria.
En su ensayo "Pastorelas tradicionales indígenas en el siglo XIX", expone que entre los autores teatrales más destacados de esa época se encuentran José Joaquín Fernández de Lizardi y Mariano Osorio, quienes se acercan no al género pastoril, sino a la pastorela como género popular.
Todos ellos, expuso, proponen una peculiar revitalización de la pastorela como una expresión teatral propia del mexicano, en una época (la Independencia de México) en que inicia la búsqueda de la identidad nacional y que con el paso del tiempo se fue transformando con rasgos propios de las pastorelas populares urbanas.
La especialista señala que el desarrollo de la pastorela, así como de otras manifestaciones teatrales religiosas de carácter popular en el siglo XIX, probablemente obedezca a la situación de crisis que vivió la iglesia mexicana tras la independencia de México.
En ese sentido, la especialista en teatro mexicano Isabel Vázquez de Castro, comentó que con el paso del tiempo, la pastorela se convirtió en un instrumento de difusión ideológica no necesariamente cristiana y en una forma cultural fácilmente reconocible, por su eficacia dramática, su éxito entre el público y su excelente acogida en los más diversos ambientes.
En su análisis "La pastorela y la evolución de su función moralizadora: la sátira de algunos pecadillos de pastores a la denuncia de corrupción social", la investigadora señala que esta representación tuvo una función moralizadora con carácter religioso y social.
"El tema navideño del nacimiento de Cristo y con él de la redención de la humanidad, evoca la regeneración individual o colectiva, y por lo tanto, la transformación de la sociedad", afirma la especialista, para quien en algunos casos las críticas son esperanzadas y presentan un mesianismo revolucionario calcado sobre el modelo cristiano.
Otras veces, continuó, se expone solamente una problemática social dolorosa, como en el caso de autores mexicanos de la talla de Emilio Carballido y Tomás Urtusástegui. Sigue. Vigente/cuatro/Urtusástegui.
De éste último refiere la obra "Ajúa, un güerco va a nacer" (1986), donde los protagonistas son tres parejas de incautos campesinos norteños, que involuntariamente son cómplices del "diabólico" Satán Quintero, quien conseguirá implicarles en el tráfico de drogas con una particular ofrenda: un alijo de coca.
Vázquez de Castro señala que en este caso se produce una parodia del género y se recuperan los efectos dramáticos tradicionales para representar una realidad dolorosa y denunciar la corrupción y el mal funcionamiento de la sociedad mexicana.
"No hay salvador, se trata de un verdadero viaje a los infiernos, pero se salva el símbolo navideño del nacimiento como una continuación de la vida, con el parto, al final de la obra, de una campesina", explica la estudiosa.
Así, la pastorela, como género y como práctica teatral extendida y apreciada por todos los públicos del ámbito hispánico, es una obra vigente y con una gran vitalidad que deberá durar por muchos años más, concluye la autora.
"Fiestas y Teatralidad de la Pastorela Mexicana", integra además una revisión a diversas representaciones actuales de este género, analizadas por dramaturgos y directores de teatro.
En el libro "Fiestas y teatralidad de la pastorela mexicana", editado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), especialistas ofrecen una serie de ensayos sobre sus experiencias, conocimientos y detalles, hasta ahora desconocidos sobre esta tradición navideña.
El investigador Alejandro Ortiz Bullé Goyri, en sus "Notas a propósito de los orígenes de la pastorela en México hacia el siglo XVIII", señala que existen datos que podrían afirmar que la pastorela sentó sus bases en el teatro de evangelización hacia la segunda mitad del siglo XVI.
La representación en náhuatl de "La adoración de los reyes" (1578), así como representaciones y mitotes que se realizaban en las pascuas de Navidad en Sinaloa (1590) son muestra de ello, indica Ortiz.
Por otra parte, agrega, hay autores que han encontrado en el teatro colegial jesuita del siglo XVI, un origen culto de este género vernáculo; así, la "Egloga al nacimiento del niño Jesús", de Joan de Cigorondo, podría ser el primer momento en que aparecen los típicos pastores caminando a Belén.
En ambos casos, continúa, podría decirse que estos fueron los elementos que antecedieron o que fueron asimilándose y yuxtaponiéndose para que al paso de dos siglos, hasta la segunda mitad del siglo XVIII, la pastorela se consolidara como una manifestación popular típica del teatro mexicano.
De esta forma, agregó el también académico de la UNAM, aparecen el "Demonio" o "Lucifer", quien con sus huestes intenta persuadir o tentar a los pastores para que no lleguen a adorar al niño Jesús.
Mientras que los pastores, aun cuando en esa época mantienen los nombres bucólicos de las églogas anteriores, se transforman en la modelización (sic) risueña del tipo popular indígena o campesino y se consolida la presencia de los arcángeles. Sigue. Vigente/dos/arcángeles.
Creemos, dice, que con el asentamiento y diversificación de la cultura popular en la Nueva España, fueron surgiendo también manifestaciones escénicas con las que se identificaba el populacho y que se contraponían con los ideales de la ilustración novohispana que propugnaba por un teatro didáctico de formas rígidas y acartonadas.
Tras hacer una revisión de diversos documentos de los archivos General de la Nación y del Histórico del Ayuntamiento de la Ciudad de México, el académico encontró que la vida teatral de aquella época sienta sus registros fuera de los coliseos, en ámbitos donde las autoridades difícilmente podían mantener un control.
Esto, revela, le permitió a las pastorelas tener cierta autonomía en relación con las normas que regían las representaciones en el coliseo y que por ello, posteriormente, fueron prohibidas.
Como resultado de sus indagaciones en ambos archivos, el especialistas afirma que existen ejemplos de solicitudes y de causas criminales seguidas en relación con actividades teatrales realizadas en casas particulares, actividad prohibida por autoridades civiles y religiosas.
Esto, agrega, no sólo se debe a que dificultaba la supervisión de ambas instancias sobre los espectáculos y ambiente social que se suscitaba en ámbitos privados, sino también porque resultaba una competencia desleal al coliseo que veía disminuidos sus ingresos.
"No hay que olvidar -acota- que no sólo se prohibieron en particular las representaciones teatrales con motivo de la Navidad hacia 1808, sino desde 1786. en el Primer Reglamento Teatral Novohispano expedido por Bernardo de Gálvez, que en la primera cláusula establece la prohibición de la "representación de materias sagradas y comedias de santos"".
No obstante que no se pudo mantener esta prohibición, pues se hacían representaciones de manera clandestina, las autoridades optaron por otorgar permisos para mantener cierto control de esas escenificaciones que con el tiempo se transformaron en "una tradición, digamos culta, auspiciada por el despotismo ilustrado novohispano".
Así, agrega, floreció una tradición de representaciones y de fiestas navideñas alejadas de los espacios donde el control inquisitorial metía el guante, para ser llevadas a espacios privados como patios de vecindades, barrios populares y los arrabales de la Ciudad de México, donde se celebraban las posadas.
Todo ello, expone, acompañado de pequeñas representaciones alusivas a la Navidad, como la música, el baile y diversas viandas y bebidas espirituosas, como lo refiere Viqueira Albán en su estudio sobre las diversiones públicas en la Nueva España dieciochesca.
Por su parte, la también investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Beatriz Aracil Varón, comenta que fue hasta el siglo XIX cuando la pastorela se ubicó como una pieza teatral fijada textualmente tanto por su estructura como por sus personajes principales.
"Esta definitiva fijación de la pastorela como género en la época decimonónica está vinculada a la especial indagación sobre la propia identidad cultural que caracteriza a este siglo y que supone asimismo un acercamiento a determinadas manifestaciones de la tradición popular mexicana", explica la académica universitaria.
En su ensayo "Pastorelas tradicionales indígenas en el siglo XIX", expone que entre los autores teatrales más destacados de esa época se encuentran José Joaquín Fernández de Lizardi y Mariano Osorio, quienes se acercan no al género pastoril, sino a la pastorela como género popular.
Todos ellos, expuso, proponen una peculiar revitalización de la pastorela como una expresión teatral propia del mexicano, en una época (la Independencia de México) en que inicia la búsqueda de la identidad nacional y que con el paso del tiempo se fue transformando con rasgos propios de las pastorelas populares urbanas.
La especialista señala que el desarrollo de la pastorela, así como de otras manifestaciones teatrales religiosas de carácter popular en el siglo XIX, probablemente obedezca a la situación de crisis que vivió la iglesia mexicana tras la independencia de México.
En ese sentido, la especialista en teatro mexicano Isabel Vázquez de Castro, comentó que con el paso del tiempo, la pastorela se convirtió en un instrumento de difusión ideológica no necesariamente cristiana y en una forma cultural fácilmente reconocible, por su eficacia dramática, su éxito entre el público y su excelente acogida en los más diversos ambientes.
En su análisis "La pastorela y la evolución de su función moralizadora: la sátira de algunos pecadillos de pastores a la denuncia de corrupción social", la investigadora señala que esta representación tuvo una función moralizadora con carácter religioso y social.
"El tema navideño del nacimiento de Cristo y con él de la redención de la humanidad, evoca la regeneración individual o colectiva, y por lo tanto, la transformación de la sociedad", afirma la especialista, para quien en algunos casos las críticas son esperanzadas y presentan un mesianismo revolucionario calcado sobre el modelo cristiano.
Otras veces, continuó, se expone solamente una problemática social dolorosa, como en el caso de autores mexicanos de la talla de Emilio Carballido y Tomás Urtusástegui. Sigue. Vigente/cuatro/Urtusástegui.
De éste último refiere la obra "Ajúa, un güerco va a nacer" (1986), donde los protagonistas son tres parejas de incautos campesinos norteños, que involuntariamente son cómplices del "diabólico" Satán Quintero, quien conseguirá implicarles en el tráfico de drogas con una particular ofrenda: un alijo de coca.
Vázquez de Castro señala que en este caso se produce una parodia del género y se recuperan los efectos dramáticos tradicionales para representar una realidad dolorosa y denunciar la corrupción y el mal funcionamiento de la sociedad mexicana.
"No hay salvador, se trata de un verdadero viaje a los infiernos, pero se salva el símbolo navideño del nacimiento como una continuación de la vida, con el parto, al final de la obra, de una campesina", explica la estudiosa.
Así, la pastorela, como género y como práctica teatral extendida y apreciada por todos los públicos del ámbito hispánico, es una obra vigente y con una gran vitalidad que deberá durar por muchos años más, concluye la autora.
"Fiestas y Teatralidad de la Pastorela Mexicana", integra además una revisión a diversas representaciones actuales de este género, analizadas por dramaturgos y directores de teatro.
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